La tradición más excéntrica que viví en la casa de mi infancia, fue la de cerrar las habitaciones de las personas que habían fallecido en ellas. Afortunadamente, sólo había dos habitaciones cerradas, digo afortunadamente no por falta de espacio, sino por lo macabro del hecho.
Una de ellas estaba en el pasillo, al lado de la habitación que ocupaba mi tía María. Era de su hijo, que falleció con 21 años. En mi imaginación, él era el niño de cristal. Un niño enfermo, que vivió más de lo esperado y siempre fue niño, sin salir demasiado a la calle y sin jugar con otros. La habitación no se abría a menudo, mi tía a veces me dejaba entrar y jugar con las vías de tren y el mini-tren que corría por ellas; y yo lo dirigía e imaginaba cómo lo habría hecho él, si se saldría en las curvas, cómo sería el sonido de los aviones que sobrevolaban Madrid durante aquélla guerra, y si le distraerían de lo que ocurría en la vía. Me preguntaba si mi tía me dejaría utilizar su bici cuando aprendiera a montar, y si yo sería tan envidiada como él por tener una. Y ella se sentaba y me contaba que el luto que llevaba desde hacía más de 40 años era sólo por él.
La otra habitación era de mi tía Regina, que falleció de cáncer cuando tenía yo unos 3 años. A veces, la abrían para limpiar y, cuando nadie me miraba, me ponía sus perfumes de flores de blasón y de Chanel nº 5. Los pintalabios no me los ponía, que entonces lo iban a notar y…
Una de ellas estaba en el pasillo, al lado de la habitación que ocupaba mi tía María. Era de su hijo, que falleció con 21 años. En mi imaginación, él era el niño de cristal. Un niño enfermo, que vivió más de lo esperado y siempre fue niño, sin salir demasiado a la calle y sin jugar con otros. La habitación no se abría a menudo, mi tía a veces me dejaba entrar y jugar con las vías de tren y el mini-tren que corría por ellas; y yo lo dirigía e imaginaba cómo lo habría hecho él, si se saldría en las curvas, cómo sería el sonido de los aviones que sobrevolaban Madrid durante aquélla guerra, y si le distraerían de lo que ocurría en la vía. Me preguntaba si mi tía me dejaría utilizar su bici cuando aprendiera a montar, y si yo sería tan envidiada como él por tener una. Y ella se sentaba y me contaba que el luto que llevaba desde hacía más de 40 años era sólo por él.
La otra habitación era de mi tía Regina, que falleció de cáncer cuando tenía yo unos 3 años. A veces, la abrían para limpiar y, cuando nadie me miraba, me ponía sus perfumes de flores de blasón y de Chanel nº 5. Los pintalabios no me los ponía, que entonces lo iban a notar y…

7 comentarios:
Eso explica eso que pasa a veces de que se conserva a la perfección la habitación de algún personaje famoso como Lope de Vega, Calderón de la Barca o el Petete.
Sea como sea, es escalofriante.
:S
A que sí??? pues ahí siguen las 2 habitaciones, una desde 1954 y la otra desde 1982..............
Jodo Sil,
Esto es muy peliculero. Qué morbo, no entrar?
a mi me habría dado miedo.
Bueno, cuando te acostumbras desde pequeño a estas cosas, ni te parecen raras ni te dan morbo... pensándolo ahora sí que entiendo que es morboso!
Cada familia es un mundo.
Esos temas de muerte y tal dan un poco de yuyu.
Vengo de Tamaruca, interesante tu blog.
chauuuuuuu
Eso no he terminado de entenderlo nunca. Cuando sea muerto, como vea que siguen guardando mis cacharritos como si fuera un santuario, volveré del otro mundo para susurrar al oído del/la interfecto/a: Manolo... que se va a evaporar el egoiste y me costó un huevo, hombrepordios...
Servir no servirá de mucho, pero me voy a reir...
Uy, Egoiste Platinum, qué recuerdos pordiospordios....
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